jueves, agosto 01, 2013

Creación de contenidos: Tú no sabes cuánto vale, pero yo sí

Una cosa es que tu trabajo te guste y otra, muy distinta, que lo hagas gratis o por monedas, como esperan muchos empresarios ventajosos.
 
Entre tanto trabajo prácticamente no vi pasar a julio y así se me fue un mes más en el que no logré grabar el podcast que tengo estructurado desde hace meses, en parte porque el volumen de trabajo que tengo ahora me ha mantenido bastante entretenida. Sin embargo, sabiendo bien que esta es una racha que podría parar en cualquier momento tuve las orejas bien abiertas cuando me propusieron trabajar en una revista gremial.
 
Luego de reunirme con el director y de escuchar lo que tendría que hacer si aceptaba la oferta, entendí que era el doble del trabajo que ya tengo con una de las revistas en las que estoy, pero con muchísima más responsabilidad. Mi siguiente paso fue preguntarles a dos periodistas amigos, más grandes y más experimentados que yo, cuál sería el costo de ese trabajo, más tarde, con la cifra en mente, llamé al director y le di un número, digamos $25.
 
Teniendo en cuenta que $10 es lo que me pagan sólo por escribir los contenidos de una revista de extensión similar, sabiendo que la propuesta nueva implicaba además buscar fotos, supervisar el diseño y la impresión, sin incluir la responsabilidad de asegurar constantemente la calidad de la revista, llegué a esos $25 pesos hipotéticos.
 
El director, luego de oír mi cifra se quejó, dijo que ni en sueños la había considerado. Según dijo una periodista reconocidísima y con mucha experiencia, hacía todo por $13, misma a la que quiere reemplazar porque este trabajo está de último en su lista de prioridades.
 
Al final de la llamada llegaron los “muchas gracias” y “fue un placer conocerle” mientras yo olvidaba, quizás convenientemente, decirle que su elegante revista tiene un error ortográfico, justo al lado del título.
 
 
 
En alguna época, hará como 3 años y medio, acepté recibir monedas por artículos que escribía con desgano y mediocridad, pero poco a poco comprendí que ganar mal no sólo le hacía daño a mi presupuesto sino también a mi vocación, pues me acostumbraba a pensar que lo que hacía no tenía valor, una consecuencia muy difícil de calcular, pero que puede resultar desastrosa para la autoestima. Desde entonces no acepto trabajos mal pagos, a menos que sea un caso de emergencia, situación que por fortuna se ha hecho cada vez más escasa gracias a mis ambiciones personales.