martes, agosto 28, 2012

La comunicación adolescente de cada día


Es probable que alguna vez haya escuchado a sus papás usar la frase “quiere ser original siendo igual a todas/os sus amigas/os” refiriéndose a un adolescente, que también sirve para resumir el carácter ─¿o la falta de?─ de los estilos comunicativos que nos rodean en esta época que vivimos.

Cuando trabajé de planta en una agencia de personal estuve en dos campañas masivas que obviamente tenían comerciales de televisión al aire, comerciales que nunca vi porque desde hacía mucho los esquivaba haciendo zapping en los canales de cable que todavía veía. Hace más de un año renuncié al televisor, primero involuntariamente luego de modo planeado y consciente y adivinen qué, no extraño al aparato aquel. Cada vez que me veo frente a una niñera cuadrada sintonizada, sobre todo, en canales nacionales (inserte aquí la nacionalidad que quiera) compruebo que no me estoy perdiendo de nada.

He viajado poco, muy poco comparando la cantidad de destinos que he visitado con los que me gustaría recorrer, empero esa cantidad me ha servido para darme cuenta de cómo la cultura de la estupidez es sinónimo de globalización. Aquí y allá las mujeres seguimos siendo lindos adornos para programas de concurso o el plato central cuando estamos dispuestas a mostrar las tetas siliconadas, que pagamos usando otras partes de nuestros cuerpos, asimismo los comerciales aquí y allá parecen ser concebidos por creativos que viven en burbujas alimentadas por las celebridades yanquis y el glamour europeo. Todo eso está muy bien, pero sólo están viendo una parte microscópica de la cultura.

Anoche mientras veía una charla de Wade Davis en TED pensaba en cómo la visión que tenemos del futuro está marcada por Los Angeles, Nueva York o alguna otra ciudad de Estados Unidos que ha avanzado hacia un modelo de carros voladores y edificios de titanio, es como si nos hubiésemos creído el cuento de que al decir “we’re America” en realidad dicen “nosotros somos el mundo” y no, ni ellos son un continente completo, ni el continente al que pertenecen es lo único que existe.

El terror inmaculado
En mi entorno, en el de gente que se gana la vida escribiendo, se habla mucho del horror que produce la hoja en blanco, de papel o electrónica, no importa, lo que se sabe es que puede desafiar muchísimo, al punto que es capaz de arruinar meses de trabajo o producir crisis que sólo se superan varias semanas después, no sé cómo le dirán los creativos, supongo que igual y seguro muchas veces sienten la misma presión de producir algo espectacular en cada lluvia de ideas, reuniones que salvan con invenciones, casi siempre refritas. No me extraña.

Niños y niñas, porque en sus cabezas la adultez es un estado que debe ser evitado por todos los medios ya que se equipara con la psico-rigidez y la falta de onda, se alimentan todos los días de marcas que llevan 30, 40 años en el mercado, de imágenes que nacieron con la generación de sus padres y que se han transformado una y otra vez bajo la luz occidental, esa cosa blancuzca, de neón, que hace parecer todo más cool y superficial de lo que en realidad es.

Los creativos y los ejecutivos que piden a sangre y fuego que sus ideas brillantísimas lleguen a las piezas que verá el mercado leen libros de autores que están de moda, best-sellers no long-sellers, van a las conferencias del evangelizador de turno y siempre están actualizándose con los seminarios de señoras y señores que han descubierto cómo mejorar la comunicación a través de los estudios que se hicieron en UCLA, o de los maravillosos resultados que tuvo la última campaña de Google, así que yo me pregunto: ¿habrán visto el documental Happy People?, ¿sabrán quién es Werner Herzog?, ¿tendrán claro que no me molesta que no sepan quién es Robert Cox?, ¿reaccionarían igual si les dijera que no sabía que Lowe es una agencia de publicidad?

Las semillas de la imaginación
Desde niña me ha maravillado la capacidad de crear imágenes, sonidos, formas y todo tipo de expresiones usando unos pocos recursos. A lo largo de mis lecturas y de mis vivencias he aprendido que tener ciertos límites, algunas restricciones, es un privilegio pues gracias a ello pueden aparecer soluciones o respuestas que en plenitud de herramientas no habrían surgido. He aprendido que hay muchos tipos de capital, y uno de ellos, la imaginación es uno de mis favoritos.

Veo demasiado, aunque ya no tanto, a estas niñas y a estos niños de agencia andando orondos por los pasillos enfundados en sus ropitas llenas de letreros, me parece estar leyendo en sus camisetas “propiedad de la marca de la hojita”, “pertenezco al mes de las lluvias mil”, “las iniciales del productor son más importantes que mi nombre o que mi apodo” y me aventuro a pensar que seguramente si les pregunto quién es Krishnamurti o si han leído a Gibrán su respuesta será negativa. Vuelvo la mirada hacia mí y pienso que apunté muy alto, reconfiguro la conversación y encuentro como alternativa preguntar si les gusta algún cuento de Chejov o de Villoro, a veces, muy pocas, la respuesta es positiva.

¿Cómo se puede crear algo realmente distinto si no se conocen otros medios de vida donde el verde es tan común como el asfalto?, ¿cómo seguir tan convencido de que se está ayudando a las personas supliendo sus necesidades cuando se desconocen otros métodos para llegar a la felicidad que no incluyen comprar ropa china todos los meses?

Mi asunto es mi ombligo
En este momento de mi vida pago cuentas escribiendo y enseñando a interpretar sueños. Cuando hago lo primero me gusta firmar mis textos sin que aparezca mi nombre, es decir usando lo más correctamente que puedo la gramática castellana, por ejemplo poniendo el adjetivo después del sujeto y no al contrario como nos enseñó la lengua inglesa, además cada vez que veo el espacio improviso una metáfora poética, mas no abigarrada, para que el texto tenga una cadencia distinta, agradable. Quizás nadie note la musicalidad que tiene un impreso comercial al ser leído en voz alta, pero a mí me interesa, pues creo que la riqueza sensorial es importante, que las palabras escritas con cuidado, como lo haría un joyero dedicado a la filigrana, están llenas de alma, de esa esencia que parece estar desapareciendo porque la cultura dominante es la de la comida rápida y la ropa deportiva, así en temas de supervivencia pueblos como los inuit nos lleven siglos de ventaja.

Sí, yo moriré, pero si me alimento medianamente bien de otras expresiones culturales para hacer mi trabajo es posible que al menos una brizna de mi sabor atraviese la bruma del tiempo, lo demás… no sé.

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