lunes, diciembre 04, 2006

Adiós a la tranquilidad

Vivir en Bogotá durante años hace que se aprecien sus características de un modo especial, único, que difícilmente se logra si sólo se viene por temporadas cortas o cuando apenas se la comienza a conocer luego de establecerse en ella.

Es una ciudad de enormes contrastes como el de salir de un barrio pupi, pasar por una escalera ubicada sobre una quebrada de agua transparente para abrir una puerta metálica y encontrarse con el ruido de la Avenida Circunvalar. Las diferencias entre sus zonas no se limitan a la arquitectura, los medios de transporte o el estado de las calles, las personas que viven en ella tienen un impacto palpable y medible en su ambiente. Precisamente este efecto se ve en el estilo de vida de sus habitantes.

Si bien es cierto que en esta ciudad rara vez se sienten los efectos directos de la guerra que vive el país, salvo por los muy esporádicos atentados, a diferencia de zonas rurales en que la muerte se ve de cerca todos los días, la tranquilidad es un elemento bastante escaso por no decir que nulo en la vida de Bogotá, sobre todo si se define la tranquilidad como la ausencia de ruido y preocupaciones.

Todos los días los ocupantes de sectores tanto residenciales como comerciales deben intentar convivir con el ruido de los carros, la infinidad de vallas, la basura que generan algunos vendedores ambulantes con cero sentido de pertenencia hacia su ciudad, voceadores de prensa, propaganda de supermercados a través de parlantes en movimiento, los ofrecimientos de técnicos improvisados para la reparación de utensilios caseros, los recolectores de ropa, los compradores de libros, los vendedores de comida cruda y cocida e infinidad de pedigüeños más que sólo llenan los espacios con clamores para no ser absorbidos por el olvido y el hambre que los amenaza a diario, por eso, justamente por eso e irónicamente por eso, por falta de justicia social, es que quienes viven medianamente bien, no tienen derecho a reclamar un poco de silencio, paz y tranquilidad para el interior de sus hogares porque eso implicaría que se le negara el derecho al trabajo e incluso a la vida a aquellos que ofrecen productos y servicios, innecesarios en la mayoría de los casos pues son provistos por los establecimientos locales.

No tiene mucho sentido quejarse porque, aún corriendo con suerte, el juez que tuviera en sus manos el dictaminar quién tiene la razón, muy seguramente se la daría a los derechos humanos fundamentales y no a algo que parece un lujo que sólo algunos pueden pagar: tener tranquilidad viviendo en condominios lejos del ruido y las molestias citadinas, cerrando las calles para improvisar conjuntos cerrados a los que sólo tienen acceso las personas autorizadas por los residentes. Son estas soluciones sintomáticas que dilatan el remedio definitivo a esta crisis social con impactos físicos que se vive todos los días.

Entretanto sólo queda armarse de paciencia para aguantar los ruidos de los vecinos que remodelan a diario sus casas buscando un nivel de vida más alto, al tiempo que toleramos la inexistente educación de otros que desconocen el invento de los citófonos y por eso prefieren llamar a sus familiares de pisos elevados mediante gritos y chiflidos destemplados… queda guardar la esperanza y tener fe en que la educación dé sus frutos y nos permita crear complejos residenciales más armónicos que permitan dar calma a sus interiores, así sus habitantes podrán descansar realmente en ellos y recargar fuerzas para volver a sus responsabilidades diarias.

2 comentarios:

jsa dijo...

Estás pidiéndole silencio a una ciudad, justamente, bulliciosa y desordenada, en la que se refleja una desigualdad de oportunidades que hacen inmóvil la sociedad, y donde quienes dicen defender los ideales de justicia, no hacen más que meter más caos ciudadano. Con todo, me encanta Bogotá. Cordial saludo.

Astrolabio dijo...

Quise pasar antes de la Navidad. Cordial saludo.